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En 1961, el astrónomo Gerald Hawkins aplicó por primera vez la informática científica a la arqueología al analizar Stonehenge con un IBM 7090 en el Harvard-Smithsonian Observatory. Su objetivo era comprender las alineaciones del monumento megalítico, especialmente en relación con la salida y puesta del Sol y la Luna.
Hawkins digitalizó las posiciones de piedras, arcos, agujeros y montículos del sitio, incluyendo un círculo de 56 cavidades conocido como los agujeros de Aubrey. Utilizando el ordenador, calculó las posiciones celestes que se habrían observado desde Stonehenge hace miles de años, descubriendo que muchas alineaciones coincidían con eventos astronómicos como solsticios y ciclos lunares.
Esto llevó a Hawkins a proponer que Stonehenge funcionaba como un observatorio astronómico y un sistema para predecir eclipses, utilizando los agujeros de Aubrey como contadores físicos para rastrear el movimiento lunar. Su teoría, publicada en "Stonehenge Decoded" en 1965, sugirió que el monumento combinaba funciones religiosas y científicas, otorgando a las élites de la época una herramienta para interpretar y posiblemente manipular fenómenos celestes.
Aunque posteriormente esta hipótesis fue cuestionada debido a la complejidad constructiva de Stonehenge y la precisión limitada de las alineaciones lunares, el uso pionero del IBM 7090 para modelar el cielo antiguo marcó un hito en la arqueoastronomía. Este enfoque computacional abrió la puerta a análisis más rigurosos y sistemáticos en la investigación de sociedades prehistóricas.
Para técnicos y empresas dedicadas al análisis de datos históricos o arqueológicos, el caso Hawkins ejemplifica cómo la tecnología puede transformar disciplinas tradicionales. La integración de herramientas informáticas en la exploración científica permite reevaluar teorías y ampliar el conocimiento, aunque siempre con precaución respecto a las interpretaciones que se derivan.